jueves, 7 de febrero de 2008

FELICES LOS QUE LLORAN


Bienaventurados los que lloran porque ellos recibirán consolación" Mateo 5:4

Jesús está describiendo los principios del reino que vino a establecer. Otra vez sus palabras enfrentan ideas prevalecientes y profundamente arraigadas en los seres humanos. Para nosotros el llanto es sinónimo de dolor, de angustia, incluso de temor. Aunque a veces se puede decir de alguien que "llora de alegría", es evidente que Jesús no se refiere a este tipo de llanto. El llanto sobreviene cuando ya no podemos controlar el oceáno turbulento de emociones que llevamos dentro. Jesús está hablando de sentimientos llevados al límite, de un sufrimiento extremo. Todo ser humano, no importa su edad, su condición social, su raza o su nacionalidad; todo ser humano alguna vez ha derramado amargas lágrimas. ¿Alguna vez te has puesto a pensar qué pasaría si cada lágrima derramada por cada ser humano se pudiese juntar en algún lugar? Si eso fuera posible, se formaría un río quizá un gran lago. Es que hay mucho sufrimiento en este mundo, y son demasiadas las lágrimas derramadas por cada ser humano desde nuestros primeros padres hasta hoy.
Ahora bien ¿Cuál es el origen de tantas lágrimas? ¿Por qué la raza humana parece condenada a convivir para siempre con el llanto? ¿Cuál es la razón de tanto sufrimiento? Estas, y otras preguntas similares han sido fuente de reflexión para muchos filósofos y maestros de moral. Sin embargo, la Palabra de Dios revela del modo más claro que las primeras lágrimas fueron derramadas por Adán y Eva a causa de su desobediencia. Antes de la transgresión, no existían la amargura y la angustia. Con de la entrada del pecado sobreviene también el llanto y la desolación. Al examinar cada una de nuestra tristezas encontraremos que el pecado es la causa primera de todas nuestras lágrimas. Pero el ser humano es absolutamente incomprensible, se entristece por las consecuencias del pecado, pero se goza en pecar. Aquel hombre que ha sido sorprendido en adulterio tiene tristeza y angustia a causa de las consecuencias que tendrá que enfrentar, pero no se entristece del placer ilícito que ha procurado. Aquel otro, que fue detenido en el momento de robar, no se entristece porque estaba robando, sino porque descubrieron que estaba robando. Somos así, nos gusta pecar pero temblamos y lloramos frente a las consecuencias del pecado. Ese llanto es un llanto sin consuelo, es sólo el remordimiento al vernos descubiertos y el temor de enfrentar las consecuencias de nuestros actos. Jesús no se refiere tampoco a este tipo de llanto en esta bienaventuranza.
Ahora vamos a ver un cuadro más amplio para entender a qué llanto se refiere Jesús en este versículo. Antes de la creación del mundo, Dios en su sabiduría, vio las consecuencias finales de una humanidad entregada al pecado. Contempló como la raza humana iría deformándose del modo más terrible hasta ya no más reflejar su imagen, vio que en esa frenética locura autodestructiva, el hombre sólo reflejaría la imagen de Satanás. El pecado finalmente destruiría por completo la raza humana, después de sumirla en la profundidad de la degradación moral y espiritual. El pecado, como un cáncer homicida, acabaría con todo lo bueno que Dios había creado. Nuestro Padre amante no podía permanecer impasible, el amor por sus criaturas no le permitía mantenerse al margen. Es con la entrada del pecado en este mundo cuando empieza la ejecución del plan del salvación. Sólo alguien perfecto y sin pecado podía mostrar al ser humano que era posible ser libre del cáncer del pecado. Es por eso que vino Jesús y entregó su vida, él no murió a causa de los azotes, los clavos y la lanza. El murió por el peso de cada pecado que se ha cometido y se cometerá sobre la faz de este mundo.
Fueron nuestros pecados los que traspasaron el corazón de Jesús. Cuando un hombre llega a comprender esta verdad entiende también lo repudiable que es el pecado. Siente asco de sí mismo, se siente indigno, porque es causante de la muerte de Jesús. Entonces viene el genuino arrepentimiento, allí surgen las lágrimas por haber lastimado al Hijo de Dios. Allí viene el quebrantamiento no por las consecuencias del pecado, sino por el pecado. Es allí cuando se cumple esta bienaventuranza: "Felices los que lloran porque ellos serán consolados". El dulce consuelo del perdón viene a nuestro corazón y somos reconocidos como hijos de Dios.

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