miércoles, 6 de febrero de 2008

FELICES LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED


"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados". Mateo 5:6

Estoy escribiendo estas líneas inmediatamente después de regresar del supermercado. Hemos realizado las compras para el mes. Carmen, contrariamente a su costumbre, no hizo una lista de los alimentos a comprar así que estábamos más expuestos a la tentación de comprar cosas que nos parecen indispensables cuando pasamos frente a ellas, pero cuando pasa el entusiasmo, nos damos cuenta que no son tan necesarias y, a veces, son verdaderamente deleznables. Es por eso que tratamos de no comprar las cosas la primera vez que las vemos, preferimos pasar por la segunda y la tercera vez, y si parece que es necesario llevarlas, entonces las llevamos. Esta vez nos dimos una pequeña licencia para una inofensivo gastito extra (me pregunto si en realidad son inofensivos los "gastitos extras"), compramos una bolsa con gluten deshidratado. No necesitábamos hacerlo, Carmen podría preparar el gluten en casa. Pero ella, merecidamente por supuesto, quería evitar la fatiga. Así que llegamos hasta la casa con nuestro gluten deshidratado. Al final, resulta más económico y deja tiempo para realizar otras labores.
El desarrollo económico de la sociedad actual permite que las familias puedan disfrutar de de un nivel de vida inimaginable para las generaciones anteriores. En este tiempo, si alguien quiere preparar un rico almuerzo, tiene todo a su disposición: aceite refinado, harina preparada, tallarines listos, arroz lavado, verduras desinfectadas, cocina a gas, agua a disposición inmediata, y un largo etcétera. Ahora bien, una cosa es decir: "Felices los que tienen hambre y sed de justicia..." a hombres y mujeres del siglo XXI, y otra, muy diferente es decir:"Felices los que tienen hambre y sed de justicia..." a un empobrecido auditorio palestino del siglo I. En aquél tiempo preparar un simple almuerzo era una tarea titánica que empezaba con cortar la leña, si se quería carne fresca en el menú había que salir de casa para dedicarse a la caza, un poco de aceite se conseguía del propio animal sacrificado, para disfrutar de leche fresca había que ordeñar la vaca en el establo, era necesario preparar en casa el pan y también la mantequilla, para conseguir agua había generalmente un pozo en cada pueblo que servía para toda la comunidad. La población estaba indefensa frente a las sequías y pasar hambre no era desconocido para la mayor parte de las familias. Nadie pensaba que una persona podía ser feliz teniendo hambre y sed. En la zona desértica donde vivió y predicó Jesús, todos conocían lo que era pasar sed al caminar por el desierto. Todos habían visto personas y animales en inanición hasta morir, y muchos habían sobrevivido a terribles períodos de hambruna. La palabra "hambre", por lo tanto, suscitaba los mismos temores que en nosotros produce la palabra "sida" o la palabra "cáncer". Por eso se nos hace difícil entender lo que significaban estas palabras para los primeros oyentes de Jesús, en el contexto económico y social de la época eran mucho más impactantes.
Jesús está utilizando palabras para describir quiénes serán saciados espiritualmente. Así como para quien tiene mucha hambre el alimento es más delicioso, para aquél que busca a Dios con todas las fuerzas de su ser le sobrevendrá la llenura del Espíritu. El salmista David dijo: "Como el ciervo brama por las corrientes de agua así clama por ti, oh Dios, el alma mía" (Salmos 42:1), de esta manera describe la intensidad con la que debemos buscar a Dios. El hambre espiritual sólo puede ser saciado por el Pan de Vida, cualquier otro tipo de alimento es insuficiente. Sólo Jesucristo, nuestra verdadera justicia, es capaz de aliviar por completo el hambre y la sed de nuestra alma, sólo él puede satisfacer nuestra profunda necesidad espiritual.

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