miércoles, 6 de febrero de 2008

FELICES LOS PUROS DE CORAZÓN

"Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios" Mateo 5:8

La pureza interior definitivamente no está de moda en este mundo, en realidad nunca lo estuvo. Otra vez Jesús presenta un principio que está en oposición a los valores mundanos. En general, las personas no estamos muy preocupados con la pureza interior, hasta nos parece innecesaria. Lo que sí nos interesa es la imagen que proyectamos a los demás: estar bien peinados y con el rostro limpio, ser pulcros y elegantes en el vestir, ser correctos al hablar, saber cómo actuar en alguna reunión social, estar habituados a comer correctamente, saber la posición exacta de cada dedo al levantar un vaso para tomar agua, en fin tantos detalles que cuidamos para que las demás personas piensen que somos buenos, finos y educados. Y creo que, en general, todos disfrutamos de la compañía de personas amables y con modales adecuados para cada ocasión. Todo eso es muy importante para las relaciones sociales, y creo que no sería posible la convivencia pacífica entre seres humanos si todos actuaríamos en público como actuamos en casa. Ya me imagino si fuese así, saldríamos de casa en pijamas, habría gente semidesnuda caminando por las calles, quizá sin el debido aseo personal, no seríamos amables con nuestros semejantes y nadie lo sería con nosotros, comer en un lugar público sería desagradable e incluso entrar en un autobús sería una tortura. En realidad la preocupación que tenemos por nuestra imagen personal es una bendición para la sociedad. Lo triste es que no tenemos la misma preocupación para cuidar la imagen que presentamos a nuestro Dios. Dios no está tan preocupado por nuestra apariencia exterior. La Biblia dice que: "el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón" (1 Samuel 16: 7). Mientras nos cuidamos de causar una buena impresión a las demás personas, no tenemos al menos idéntico interés para presentarnos delante del Dios del universo, que examina nuestros pensamientos y las intenciones de nuestro corazón.
Parafraseando, esta bienaventuranza podría expresarse así: "Felices los que son puros incluso en sus pensamientos, porque ellos contemplarán a Dios". ¿Cómo alcanzar esa pureza interior? No necesitas de ejercicios espirituales para mantener la mente en blanco, ni siquiera el castigarte corporalmente para fortalecer tu espíritu, tampoco es necesario mantenerte tan ocupado que no tengas tiempo de pensar en cosas malas. Todos esos métodos tratan de usar la voluntad humana, y puede ser que tengan relativo éxito para formar una personalidad con sólidos valores morales. Sin embargo, para ser puros delante de Dios es necesario la transformación que es obra del Espíritu Santo. El hombre nada puede lograr, Jeremías pregunta retóricamente "¿puede una persona cambiar el color de su piel? ¿Puede un leopardo borrar sus manchas?" (Jer. 13:23). La pureza del corazón sólo puede ser realidad a través de la regeneración que Jesús hace de nuestra vida. No es apenas un maquillaje, es un cambio interior. Una mente renovada tendrá pensamientos puros, los pensamientos puros serán revelados en actos puros, los actos puros llevarán a hábitos puros, la suma de hábitos puros será un carácter puro, el carácter puro mostrará una personailidad pura. En conclusión, la transformación obrada por Dios se reflejará en una personalidad transformada. Quienes tratan de alcanzar la pureza del corazón empezando por cambiar lo exterior nunca lo conseguirán. Sólo un corazón santificado y centralizado en Dios podrá contemplar la hermosura del Altísimo y solazarse por la eternidad en su protección.

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